¿Será verdad, como dice Moyano, que macri se quiere rajar? Cada día que gobierna, se autoridad debilita


La turbulencia cambiaria de hace algunas semanas, momentáneamente aplacada en base a una política recesiva de efectos letales en el mediano plazo -el mediano plazo en Argentina son cuatro meses- no era un fenómeno meteorológico, sino el síntoma del deterioro del proyecto político de un partido neoliberal que gane elecciones.

Cambiemos ganó dos elecciones pero esto no desmiente su deterioro. Está demostrado que en Argentina las elecciones las pueden ganar los peronistas como Menem, los radicales como Alfonsín o De La Rúa, o los peronistas como Néstor y Cristina. Pero un proyecto político se sustenta además en la gobernabilidad que es capaz de recrear y en su eficacia para diseñar un modelo social: es decir, no basta con llegar al gobierno sino también hay que pelear por el poder. Según estos parámetros, en los últimos 73 años solo los gobiernos del primer peronismo y del kirchnerismo fueron más allá de ganar las elecciones: permanecieron varios períodos en el poder, durante los cuales, a pesar de la reacción de la oligarquía y el poder trasnacional para frenarlos, lograron diseñar la sociedad más igualitaria y movilizada de la región. Las dictaduras militares, los gobiernos civiles que se sustentaron en la proscripción del peronismo, los gobiernos radicales que continuaron las políticas económicas de las dictaduras y el menemismo como perversión peronista hicieron esfuerzos denodados y persistentes para desmontar ese igualitarismo y esa movilización que, pese a todo, persisten.

La derecha tiene siempre en Argentina un cuantioso poder de daño, que aplica con ferocidad en los períodos en los que gobiernan los movimientos populares. Le resulta más difícil rediseñar una sociedad que destruya el poder sindical, la escuela pública, la articulación de las organizaciones populares y la combatividad de los trabajadores. El 17 de octubre, el sufragio femenino, la resistencia peronista, el juicio a los responsables militares del estado terrorista, el movimiento de derecho humanos, los fracasos de los intentos de reforma laboral, la fuerza insusual del movimiento feminista son algunos de los signos persistentes de un modelo de organización popular anómalo en el mundo neoliberal. 

En estos casi tres años el macrismo hizo mucho daño que llevará tiempo reparar. Demasiadas vidas se están perdiendo en este intento y ese es un bien irreparable. Cada día que permanece manejando los resortes del estado es pagado con el sufrimiento popular. Pero su objetivo de máxima, desmontar esa organización popular anómala en el mundo globalizado y generar una sociedad desigual y estable, es lo que viene fracasando de manera creciente desde diciembre pasado, cuando, envalentonados por el triunfo electoral de medio término, se propusieron profundizar el ajuste que hasta ese momento solo habían podido aplicar gradualmente y con un formidable aparato de propaganda que anestesiara las conciencias de los sujetos vulnerados. Ni con todo esto el macrismo logra mostrarse capaz de rediseñar la tradición igualitarista y combativa de la sociedad argentina.

En el ciclo político anterior el kirchnerismo encontró un tope en sus tendencias igualitarias al no lograr reducir el tercio de la población con trabajados informales -los hoy denominados "trabajadores de la economía popular"-, así como no logró pasar el cuello de botella de la restricción externa de divisas ni el resolvió el carácter deficitario de los intentos de desarrollo industrial. Pero sus doce años de permanencia en el gobierno posibilitaron una consolidación del poder popular que es la verdadera pesada herencia con el que el macrismo se choca al tratar de imponer un ajuste que en otros países ya ni se discute, porque rige de manera plena.

Estas últimas semanas el gobierno intenta mantener el dolar por debajo de los $ 40 para evitar una escalada inflacionaria, al costo de una brutal recesión insostenible por la resistencia social que encuentra. La misma estabilidad cambiaria momentánea permite hacer aflorar ahora otras grietas de la coalición gobernante: van quedando al desnudo sus disidencias internas a medida que se acerca un nuevo turno eleccionario. Cada día que gobierna, macri se vuelve menos votable. La tendencia a la baja es persistente desde hace diez meses. Ahora se expresa en una muy nítida pérdida de autoridad presidencial. Su formidable ineptitud política y su rigidez ideológica, acopladas a la voracidad empresarial que lo llevan a privilegiar siempre sus negocios privados por sobre cualquier aspiración política, hacen que la investidura presidencial y el apoyo sin retaceos de los medios corporativos no resulten suficientes para convertirlo en el estadista que pasaría a la historia por terminar con el peronismo. Las peleas entre Carrió y Garavano, entre Peña y la llamada "ala política" del gobierno, entre los jueces de la Corte, las idas y venidas con las tarifas del gas, sus repentinos desbordes autoritarios son efectos de la devaluación del poder que macri ganó dos veces en las urnas.

Todos los días la calle está llena de sectores que se movilizan en repudio a los derechos vulnerados. Pero desde hace casi un año, el período clave en el que el macrismo debió demostrar la eficacia política que se le atribuyó tempranamente, quienes más hacen por debilitar el poder institucional son los integrantes del mejor equipazo de los últimos 50 años. ¿Será verdad, como dice Moyano, que macri se quiere rajar? Está débil. Eso no quita que todavía sea muy peligroso.







Oscar Cuervo

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