Pero yo estaba duro mucho antes ...



Macri sostenido por arneses – Por Horacio González para La Tecl@ Eñe


Foto German García Adrasti

Horacio González realiza en esta nota un balance de la apuesta estética macrista en la apertura de los Juegos Olímpicos de la Juventud Buenos Aires 2018. ¿Qué significa esta disputa por el control simbólico de la ciudad, con un ojo en la política local pero ahora en escala planetaria?

Por Horacio González*
(para La Tecl@ Eñe)

Las grandes urbes son de por sí espectaculares. La construcción de altos edificios con poderosas grúas, los estadios de fútbol, los aeropuertos donde convergen aviones provenientes de distintos lugares. No es ninguna novedad que a su vez se tomen como escenario de acciones culturales para un público de masas, que por un momento colocan a lugares de fuerte cotidianeidad simbólica -en el caso, el obelisco-, como sede de un tipo especial de tecnología artística, mezcla de gimnasia acrobática y mecanismos preparados para el movimiento aéreo de los artistas volantineros. Hace muchas décadas -los memoriosos darán fe de ello-, un cable tendido entre la punta del obelisco y un edificio próximo, permitió el lucimiento de unos equilibristas con sus largas varas y sus pasos de minué sobre el incierto cordón de acero. Ya en estos días pudimos apreciar el desempeño del grupo escénico Fuerza Bruta con sus coreografías en la inauguración de los Juegos Olímpicos en Buenos Aires. Es difícil evaluar si la sorpresa que producen esos cuerpos colgando de arneses, como los pintores de altas fachadas, logra volcar hacia el temblor artístico el temor provocativo que producen sus alegorías temáticas. Remar, correr, andar en bicicleta o cargar banderas sobre las caras del obelisco. Desde luego, el obelisco es de por sí una imagen orientadora ciudadana, de gran densidad simbólica. El arte de masas al aire libre debe encontrar significativos aderezos, además del asombro por la peripecia de cuerpos suspendidos, para generar alusiones estéticas inesperadas y significados dialécticos o alternativos al espacio arquitectónico con el que dialogan.

Como se trataba de inaugurar un torneo globalizado de deportes para jóvenes, optar por no hacerlo en un estadio y convertir en estadio el principal local de distribución de imágenes arquetípicas de circulación ciudadana, exigía soluciones metafóricas que comprimiesen de códigos adecuados la fuerte dislocación de lugar que se había producido. El conjunto Fuerza Bruta ya ha demostrado cómo comprende el arte en tanto circo etéreo, donde la fuerza reside en como los cuerpos desafían la gravedad y al mismo tiempo producen significaciones plásticas rápidamente comprensibles. En este caso, una alusión a los distintos deportes que se apreciarán en el transcurso de los Juegos. Sería injusto desdeñar estas experiencias que transforman espacios costumbristas de la ciudad en un tablado donde se producen representaciones actorales. No es inadecuado en cambio señalar que el elemento asombroso, una vez disipado, deja a los despliegues a contrapelo de toda habitualidad espacial en manos de una rutina previsible. No obstante, es riesgosa siempre, y en todo momento se preocupa en hacer composiciones de orden temático, de algún modo narrativas. ¿Se repone en nuestra percepción habitual otra imagen de los lugares públicos elegidos para esta operación estetizadora? Es posible, pues esa es la fuerza del evento. Designar de un modo elástico y taumatúrgico el locus urbano familiar. Juegos de iluminación diagramados con ingenio, fuegos de artificio modulados por diseñadores de utilerías visuales de virtuosismo caleidoscópico contribuyen al impacto feérico de la jornada.

La Avenida 9 de Julio es el mirador de la urbe macrista que de alguna manera ya se había anticipado con la instalación del Metrobús. En un caso, subdivisión espacial a nivel de la circulación de superficie, en otro los cuerpos como luces ingrávidas haciendo arabescos en el cielo.


Estas innovaciones para una fiesta olímpica inaugural, al sustituir los monumentales estadios por una avenida que es a la vez un paseo público ya transfigurado con la operística del Metrobús, obligan también a otras decisiones “teatrales”. Los locutores del acto trasmitido por TN fueron generosos a la hora de saludar estas privaciones de lo consabido para reducirlo a sinopsis técnicas. Los portadores de las antorchas no corrían por espacios reales, sino por cintas que permiten el simulacro de la corrida y máquinas que resuelven con una elipsis técnica el acto de los atletas que transportan el fuego olímpico sobre un espacio físico real. En verdad, todo el espectáculo -presenciado por Macri y su comitiva-, fue un gran simulacro que presentó la posibilidad inédita de una ciudad funambulizada por encima de la ciudad real, y un modelo de ceremonial de apertura que también se elevaba a la condición de metáfora comprimida de las inauguraciones tradicionales. Aquí toda la ciudad fue teatro y escenografía del olimpismo, absorbiendo las radiaciones de la polis empírica, totalmente paralizada alrededor del evento global. Como tal lance global de un macrismo hipnótico, no faltaban la multitud de banderas de numerosos países, que desfilaban a razón de un atleta de cada país por bandera, o viceversa, lo que motivó el comentario de una locutora televisiva: así es menos aburrido que cuando desfilan delegaciones enteras. Es claro, era un espectáculo meta-televisivo, cumplía con las condiciones de síntesis, evocación y raídas metonimias. La innovación al servicio de convertir en micro escenas las vicisitudes del desfile de numerosas atletas y de ritualizar una gigantografía lumínica del centro de la ciudad, debe reconocerse como un hallazgo de fuertes consecuencias políticas. Bien se ve ahora que el gobierno de la ciudad y el gobierno nacional planificaron un acto de masas para disputar las calles y su dominio, cuando no alcanzan las múltiples vallas metálicas que colocan a diario, no para proteger nuevas construcciones, sino para rociar de futuras remodelaciones las veredas y avenidas porteñas que al cabo justifiquen la proliferación de esas mismas vallas. ¿Y qué? ¿Finalmente, las vallas no son objetos del deporte olímpico que permite la maratón con salto de obstáculos?



Todo espectáculo, es obvio, tiene su economía a modo de sostén de su superestructura visual, estética o meramente contorsionista. No fueron muchos los que se ocuparon del tema, pero como la decisión de hacer este fastuoso acto en el centro urbano más caracterizado, no podía dejar de ser relacionada con los modelos ingeniosos de exhibicionismo de Rodríguez Larreta, virulento en su trasfondo, pero aparentemente sobrio en su superficie. Así, se señalaron los costos extraordinarios de esta performance en un país en el que le propio gobierno está ejerciendo una facultad no menos olímpica de producir penurias e insensateces económicas en su política general. Fue entonces el caso que el presidente de esos juegos olímpicos, uno de los tantos personajes de la vida internacional que ejercen una diplomacia deportiva propia de grandes financistas, no dejó de elogiar al gobierno: “que capacidad organizativa tienen los argentinos a pesar de que están en una crisis que no se nos escapa”. No son palabras textuales, son las que puedo reconstruir en mi recuerdo. Por su parte, el presidente argentino del espectáculo (perdón, de los juegos), en un inglés mucho más esmerado que el de Macri, señaló el “lado social”. De las viviendas construidas parta los participantes de todo el mundo en Villa Soldati quedarán departamentos habitables por más de mil seiscientas familias argentinas, dato dicho al pasar, que no debería ser de ninguna manera objetable, pero que merece el análisis de quiénes son las constructoras contratadas, cómo se ligan estos contratos a las modificaciones que impactan en la renta urbana y en decisiones de especulación inmobiliaria, en muchos casos so pretexto de “parque ecológico”. Sea el Tiro Federal o el Jardín Zoológico. Todo esto está muy certeramente explicado en el artículo de Gabriela Massuh en el número del domingo del Cohete a la Luna.

No obstante, todo la trama inmobiliaria, financiera y especulativa sobre la vida urbana y la circulación en la ciudad, no puede disociarse del modo en que la inauguración de los juegos decidió su estética, al modo de un implante virulento en el centro simbólico de la ciudad, con los arquetipos también simbólicos de la “argentinidad”. ¿Sobrevivirá el tango que ya ha virado sus coreografías para los grandes escenarios que le restan dramáticamente su momento indescifrable de intimidad sugerente, para darle también su porción de “fuerza bruta” a través de las hipérboles que se le regalan a los managers internacionales antes de protegerlo con alguna cautela inmunizadora? Sin duda, no puede regatearse la indicación de que eran apropiados bailarines los que había en escena, pero diluidos en coreografías faraónicas, así como no es justo desconocer finos detalles que se intercalaban provechosamente en el cuadro ciclópeo de la exhibición. Por ejemplo, el bandoneonista colgado de la ventanita de la punta del obelisco ponía una cuota de surrealismo más legítima que la de los cuerpos convertidos en máquinas contrapuntísticas del equipamiento urbano, y las fugaces tomas de la televisión de los edificios linderos de la Avenida de cuyas ventanas emergían fugaces parejas en su danza tanguera, ofrecían un pequeño halo de sorpresa rebautizando esos edificios, cuando ya el prodigio de caminar con poleas por las caras del obelisco parecía agotarse.


No hago este rápido balance de la apuesta estética macrista sobre la ciudad paralizada con el propósito de establecer el malhumor como militancia un tanto descuidada, sino para proponer el problema en danza. ¿Qué significa esta disputa por el control simbólico de la ciudad, con un ojo en la política local pero ahora en escala planetaria? Es como si Buenos Aires pareciera querer desprenderse de la psicosis de las lebacs, la leliqs, como si no perteneciera un país con un abismo social delante sí, sino a una plataforma espectral donde se reúnen atletas de todo el mundo, junto a financistas, funcionarios, emisarios con todas las camisetas corporativas de un orden mundial corroído, G20, FMI, todo lo que a usted le apetezca, incluso los tailandesitos que, absolutamente simpáticos, con su saludo budista que entre nosotros ya habían importado los rockeros, eran exhibidos como pieza de un drama mundial con final feliz y ayuda memoria para la ideología deportiva que se promueve: un juramento de respeto a los valores fraternos y a la leal competición. ¡El macrismo! No deberíamos mostrarnos ajenos al curso que tiene la espectacularización de los actos humanos -sobre todo los grandes torneos deportivos-, ni derramar lamentos por un paraíso perdido de multitudes menos manipuladas por un asombro maquinal, si no mediara la trama política instaurada por el macrismo, a quien cada uno de las arandelas enlazadas del símbolo olímpico le venía como “anillo al dedo”. Macri saludó feliz, su nombre fue mencionado varias veces y no se escuchó en la trasmisión ningún retintín de hostilidad. La psicodelia macrista vivía su momento feliz de encubrimiento. No que el espectáculo fuera falso, que los artistas no exhibieran ingenio y destrezas, no que el riesgo no se convirtiera en un colorido ars circensis, que no hubiera un plan artístico en el uso aéreo y alegórico de acciones que ocurren en las plataformas de tierra.

Lo que era falso es el acervo de gestos de la nobleza deportiva, la jerga internacional del fair play y el deleite por los chicos extraviados que se salvaron en la cueva, en la medida que no valían por sí mismos, sino que ingresaban en un nuevo descubrimiento macrista. Algo equivalente a la entrada en la pizzería del Presidente para pedir calzone a los emprendedoristas y felicitarlos por su audacia comercial mientras transcurren algunitos meses de recesión. Acá estaba todo logrado, la falsedad era verdadera, la Ciudad estaba ocupada y estancada, y como sostenida por invisibles arneses, Macri podía sentir que los chicos de Tailandia e incluso el atleta senegalés que escolta a las autoridades, con vestimentas regionales y acaso ignorante de cómo tratan a aquí a sus compatriotas, le dirían entre acrobacias y revoloteos, “¿qué sorpresa, Usted por aquí señor Presidente”?

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

Artemio López

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