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Viajar hasta que todo explote – Por Alejandro Gaggero

La economía argentina se encuentra inmersa en la trampa de la apreciación cambiaria. Para los sectores medios se vuelve más accesible viajar al exterior. El déficit de turismo, junto al déficit comercial y la fuga de divisas explican la mayor parte de los dólares que se van del país. Esas pérdidas se financian hoy con endeudamiento externo.

Por Alejandro Gaggero*
(para La Tecl@ Eñe)

Desde hace un tiempo la economía argentina se encuentra inmersa en la trampa de la apreciación cambiaria. Prácticamente todos los analistas coinciden en que “Argentina está cara en dólares” o, dicho de otro modo “el dólar está barato”. Los efectos de este fenómeno sobre el intercambio comercial ya son conocidos para el país: la apreciación hace menos competitivas las exportaciones argentinas y abarata las importaciones, lo cual suele perjudicar fuertemente a los sectores productivos y, en especial, a la industria. En paralelo, para los sectores medios el efecto más palpable es que vuelve accesible los viajes al exterior, incluso a destinos que años atrás resultaban inalcanzables y hasta exóticos. Esto último, a pesar de que ha sido mucho menos analizado por economistas y sociólogos, resulta muy importante en la actualidad.

Los efectos negativos de la apreciación cambiaria en la balanza comercial del país se han sentido con fuerza en el año que pasó. Después de registrar un superávit d e 2000 millones de dólares en 2016, Argentina pasó a tener en 2017 el mayor déficit de la historia argentina medido en dólares corrientes: U$S 8.500 millones, que se explica por un estancamiento de las exportaciones y un aumento del 20% en las importaciones. En este resultado el dólar barato jugó un rol importante, que se combinó con la apertura comercial que está llevando adelante el gobierno. Los números rojos son una señal de alarma por dos motivos: por un lado, dejan en claro los problemas que está enfrentando la industria para competir con los productos importados y, por el otro, muestran la incapacidad del país de obtener dólares a partir del intercambio comercial. Los ejemplos más claros de los efectos de una apreciación cambiaria fuerte y prolongada en el tiempo son los de la “tablita cambiaria” de Martínez de Hoz y la convertibilidad en la década de 1990, que terminaron en un proceso de fuerte desindustrialización y pauperización de las condiciones de vida de los sectores populares.
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El otro indicador claro de la apreciación es el déficit provocado por el turismo. Cuando el tipo de cambio está apreciado se vuelve más barato pasar las vacaciones en el exterior, lo cual hace crecer el turismo internacional de los sectores medios y altos. En todo el 2017 la diferencia entre el dinero gastado en el exterior por los argentinos y el introducido en nuestro país por los turistas extranjeros superó los 10 mil millones de dólares, experimentando un aumento del 25% con respecto al año anterior y convirtiéndose –también- en un record histórico.

Esto quiere decir que la Argentina hoy pierde más dólares por el turismo internacional de sus ciudadanos que por el mayor déficit comercial de toda su historia. Y hay que tener en cuenta también que, si bien en los últimos años el número de viajeros ha aumentado mucho, todavía se trata de una minoría privilegiada: el 10% de la población de mayores ingresos (en 2017 viajaron al exterior “sólo” 4,5 millones de personas). Por último, cabe recordar que en la actualidad el déficit de turismo, junto al déficit comercial y la fuga de divisas explican la mayor parte de los dólares que se van del país. Esas pérdidas se financian hoy con endeudamiento externo.

La apreciación cambiaria implica hoy un subsidio al turismo internacional que realiza una parte de la clase media y alta, a partir de las divisas que llegan vía endeudamiento. Lo mismo sucedió durante la vigencia de la “tablita cambiaria” de la última dictadura y durante la convertibilidad en los años `90. Las fotos de las familias de clase media llegando a Ezeiza de sus vacaciones en Miami con los televisores color recién comprados fue una postal de la época de la “plata dulce”. De hecho, el propio Martínez de Hoz reivindicó, tiempo después, que su política le permitió a muchos argentinos viajar y conocer el mundo. “La gente todavía me para por la calle para agradecerme”, llegó a decir en una entrevista de la revista 3 puntos. Durante la convertibilidad de Domingo Cavallo la salida de argentinos pasó de 2 millones a 5 millones entre 1990 y 2000.

Pero más allá del efecto distributivo regresivo, también cabe preguntarse sobre el efecto que tiene este “subsidio” al turismo internacional sobre la subjetividad política de una parte de los sectores medios. Viajar y conocer el mundo forma parte de la identidad cultural de la clase media en nuestro país y funciona como un procedimiento de distinción con respecto a otros sectores sociales. Su importancia no reside sólo en el disfrute de la experiencia sino en la posibilidad de reforzar un sentido de pertenencia.

Si bien no suele ser enunciada como promesas en las campañas electorales, la apreciación cambiaria es un beneficio que los gobiernos le ofrecen a los sectores medios, e incluso en algunas ocasiones es festejada por los gobernantes como sinónimo del bienestar alcanzado. Pero suele durar poco. La clase media se ha adaptado al comportamiento cíclico de la economía argentina y tiende a aprovechar los períodos de apreciación para viajar lo más posible antes que esa “ventana” se cierre.


*Doctor en Ciencias Sociales e investigador del Instituto de Altos Estudios Sociales (UNSAM) y del CONICET

Artemio López

Ramble Tamble