El lunes tampoco




A menudo, los anuncios del gobierno kirchnerista contrastan con la frustrante inexistencia de los hechos

6 de abril de 2009  

Hay máximas que sintetizan todo un proyecto político y estilos que definen a un gobierno. Pero si a un proyecto de país se lo separa de su concreción, queda disminuido a un mero conjunto de palabras. Se agota así su sentido de realización y se hipertrofia correlativamente la inocuidad del discurso. Lo que puede pasar en este caso es que los que gobiernen crean que hablar es hacer y, peor todavía, que gobernar es solamente dedicarse a anunciar. 

Esta manera de actuar, creyendo que se gobierna anunciando semanalmente grandes proyectos que rara vez se realizan, tiene quizás el impacto cortoplacista de la novedad e incluso, durante ese breve plazo, la imagen del dominio de la iniciativa política. Pero cuando se demora o posterga su concreción, los anuncios sonoros, pomposos y reiterados terminan provocando una sensación de saturación por la repetición idéntica del rito y, finalmente, conduciendo a los administrados al descreimiento y hasta al fastidio. 

Los escenarios en Olivos se han vuelto repetitivos, casi exasperantes, con una jefa del Estado de corte predicador, que cultiva el tono explicativo de lo obvio y que anuncia desde obras faraónicas, como el desdibujado tren bala, hasta pequeñeces casi insignificantes como los litros de capacidad de las heladeras que saldrán a la venta para reactivar el consumo. 

Pero, a menudo, los anuncios contrastan rápidamente con la frustrante inexistencia de los hechos. La ciudadanía, que cada día está en mejores condiciones de medir los resultados, asiste así a fracasos en lo faraónico y en lo minúsculo. Aun cuando la propaganda oficial muestre con obsecuencia a algún grupo de "espontáneos" seguidores y al enfervorizado núcleo de funcionarios, gobernadores, intendentes, sindicalistas y empresarios que son convocados a cada nueva representación para aplaudir tanto lo desproporcionado cuanto lo ridículo, para luego comer de la mano de un poder dadivoso. 

Lo importante es anunciar, aunque la palabra empeñada tiene con frecuencia tan sólo un valor relativo. Decir y desdecirse conforma toda una personalidad y un estilo de gobierno. Por eso, tal vez, el ámbito de la política no les resulte a los gobernantes demasiado distinto, ante el espectáculo de lealtades, amistades o alianzas que solamente perduran mientras por alguna razón no aparezca, solapada, la traición. 

De ahí que al matrimonio gobernante no le importe demasiado el valor de los compromisos ni, por supuesto, el de la ley ni la santidad de los contratos. Las normas se obedecen si son favorables, o se cambian o violan si pueden entorpecer una maniobra política, o lo que ya es habitual en el manejo legislativo del matrimonio presidencial: propiciar la sanción de una ley hoy y, con el mismo empuje, aunque con distintos argumentos, promover su derogación mañana. Como si la coherencia o la previsibilidad no tuvieran la menor importancia. 

El tema del flujo permanente de anuncios pasa por privilegiar lo efectista sobre lo efectivo. Lo que vale, entonces, es el discurso encendido sobre la pobreza, la educación, la salud o la seguridad. Pero pareciera no tener mayor importancia la solución de tales problemas. Luego de seis años de gestión, los índices argentinos de desastre en cada una de esas áreas así lo demuestran. Del dicho al hecho hoy no sólo hay distancia, sino todo un universo. 

Para los Kirchner, gobernar es anunciar, hacer sonar las campanas, llamar la atención, más allá de los resultados concretos. No obstante, ocurre que los resultados, cuando son visiblemente penosos, ayudan a construir un fracaso político que deviene inevitable a pesar de los más insistentes corifeos o anunciadores.

Artemio López

Ramble Tamble