el 19 y 20 de diciembre de 2001 sólo una minoría sabía quién era néstor kirchner



Por Victorio Paulón
El realineamiento de una nueva conducción obrera es un proceso irreversible


La contundencia de los hechos nos permite aseverar lo que ya dijimos. La esperanza del 21 se plasmó en una masiva concentración obrera y popular que golpeó en los cimientos de la construcción macrista. Ahora sí se entiende la preocupación del gobierno y la furibunda campaña para deslegitimar la convocatoria, reduciéndola a un paraguas de Hugo Moyano para eludir la acción de la justicia. De la repetición goebbeliana de una consigna a veces no queda nada.

Tener el coraje de responder a un reclamo de las bases genera un nuevo escenario de representación que se termina construyendo con los escombros de lo que la precedió. Hoy el movimiento obrero no se parte como en el pasado entre una “vieja CGT” y una “nueva CTA”. Asistimos como nunca a una refundación legitimada por la acumulación de movilizaciones masivas muy contundentes, que deja el mundo sindical dividido entre cómplices y resistentes. Dos años de gobierno sin ninguna medida en favor de los trabajadores y muchísimas cercenando sus derechos conquistados a lo largo de más de un siglo, generan un sentido común tan explícito que impide argumentar gobernabilidad, defensa de la democracia o indiferencia. Desde el congreso “Amado Olmos” en adelante, para representar al conjunto de los trabajadores se exige la decisión de luchar contra los poderes de turno.


El 21 de febrero no es un miércoles después de un fin de semana largo. Es el momento en que todo el mundo sindical se alineará en esta nueva perspectiva. La pérdida de legitimidad del discurso oficial ya no se mide con encuestas. La brutal represión a las movilizaciones contra la reforma previsional tuvo su respuesta en la 9 de Julio y aunque el gobierno lograra la “proeza” de encarcelar a todos los dirigentes que la encabezan, no haría más que llenar, como tantas veces, las cárceles con los verdaderos dirigentes de los trabajadores, ayer por subversivos y ahora por hechos de corrupción. Ellos, mientras tanto, desmienten su responsabilidad en la cotidiana cuenta off shore que salta en los medios internacionales con su espejo local.

Una bisagra sirve para abrir y cerrar puertas. Cuando se trata de la Historia, favorece los cambios de rumbos en la política. Ahí donde muchos consideran que está la fuente de la legitimidad política —el acto electoral—, se ha demostrado una y otra vez que se transforma en ficción cuando se entiende la elección como la posibilidad de hacer lo que se quiere sobre todo en los grandes cambios en la economía perjudicando tan violentamente a las mayorías.

Es esperable que a partir de esto que sucedió el miércoles 21 la gente deje de estar a la izquierda de los dirigentes y la representación activa que genera la lucha se plasme en conducción efectiva de la resistencia antimacrista. Es la única posibilidad de desmontar la escalada del gobierno en el plano económico social y policial.

El calendario se va hilvanando: el 8 de marzo —8M— ya no será una convocatoria aislada de las mujeres a escala internacional. Es parte del plan de lucha del conjunto de los ciudadanos movilizados contra el modelo neoliberal en acción.

El 24 de marzo —24M—, además de la reafirmación de la democracia y el respeto a los derechos humanos bajo la consigna de Verdad, Memoria y Justicia, será sin duda un masivo llamado de atención al avance permanente de autoritarismo oficial sobre todo el Poder Judicial.

En ese contexto dinámico debemos interpretar el papel del Parlamento y el rol de las representaciones políticas de cara al futuro. No al revés. El 19 y 20 de diciembre de 2001 sólo una minoría sabía quién era Néstor Kirchner. La gente movilizada dio vuelta la representación política como a una media. Conclusión: “Sólo el gobierno y los convocantes conocen el alcance que puede tener abrir un canal amplio y plural para que salga la bronca”. Esto no garantiza el paso siguiente pero asegura, que no es poco, un punto de partida sin marcha atrás.

El 2018 será un año con muchas definiciones orgánicas. Habrá, sin dudas, un confederal de la CGT. Habrá, luego del congreso del día 23, una inauguración del proceso electoral de la CTA de los trabajadores, con autorización para procesos de unidad hacia la autónoma o hacia sectores de la CGT. Lo indudable es que el realineamiento y la consolidación de una nueva conducción obrera constituyen un proceso irreversible.

El gobierno de Mauricio Macri renovará su estrategia sin modificar el rumbo. Está en su esencia. Cada día de gobierno va debilitando su capital político mientras multiplica el económico. Necesita construir impunidad hacia el futuro. En este ejercicio perecieron siempre los gobiernos de derecha. En el pabellón de los presos políticos se sostienen analizando la coyuntura política y renovando la confianza en la acción de nuestro pueblo, como garantía para recuperar la libertad. En el de al lado —los presos de derecho común—, los “comunes” imaginan siempre llegar a un juez amigo que les dé una mano. El gobierno va caminando por los pasillos y no sabe aún qué reja se va a abrir.

A quienes piensan aún que se pueden edulcorar los proyectos de leyes de este gobierno y lograr atenuar los efectos de cada uno de ellos, vale recordar la amnesia histórica que generaron en la década del ’90 estas mismas políticas. Muy cerca de los escombros sindicales están los de los partidos políticos de origen popular que se mostraron impotentes a la hora de enfrentar estos modelos “llave en mano” que imponen los organismos internacionales del sistema financiero mundial.

Artemio López

Ramble Tamble