Cuadros de una exposición



por Esther Díaz

Entre las obras se desliza una corriente sutil y envolvente, armónica. Escenas aguerridas o tiernas. Imágenes serenas o crispadas, pero justas, equilibradas. Patria niña con pañuelo blanco, escrituras, ausencias habitando presencias, niñas solas, repetidas, semejantes, diferentes, insumisas, fogosas, serenas, militantes o cabalgando ausencias desde su más prístina inocencia.

Mientras observo esta muestra suena una música interna. Sólo yo la percibo. Cuadros de una exposición, de Modest Músorgski. La compuso al influjo de las pinturas de un amigo ausente. Sensibilidad, rigor, pasión que invitan a meditar. Han pasado muchísimos años desde aquella exposición rusa y enormes distancias nos separan de ella, pero ahora, en Buenos Aires, parece retornar y sobrevolar una confusa divisoria de barrios: San Telmo, Barracas, La Boca. La música me acompaña mientras recorro la muestra Nomeolvides, de Elena Caranci.

Noviembre de 2017. Es el último día de esta exposición en un lugar con toques de magia llamado “Querida Elena”. La causa eficiente de los temas plasmados en los cuadros ha sido un poema de Leopoldo Marechal - “Descubrimiento de la patria”- y las vicisitudes de una Argentina privilegiada y castigada al mismo tiempo. El poema se escapó de la escritura y habita los pinceles de Elena.

La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo… ¿Con que derecho definía yo a la Patria, bajo un cielo en pañales y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda...

La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre…La Patria era una niña de voz y pies desnudos…La Patria era un retozo de niñez en el Sur aventado...La Patria es un temor que ha despertado…niña, y pintando el orbe de su infancia.

El poema es trasladado a imágenes y transformado. Y en esa metamorfosis de lenguajes estéticos desfilan como ángeles niñas y más niñas. Desfilan la memoria, las banderas, las letras y desfilan también papelitos de cancha. Celeste, blanco, rojo, negro, azul iridiscente. Niñas que le han robado los rasgos a la artista que -como glosando a una Frida Kahlo rediviva e intensamente sublimada- reiteran su rostro y su cabello.

Danzas, nomeolvides mínimas, trazos con el idioma en el aire, nostalgia, esperanza. Y la infanta insignia con su bandera en alto. Ella misma convertida en bandera. ¿Cómo expresar en palabras el grito de las representaciones pictóricas? No parece posible. Hay que verlas, sentirlas, dialogar en silencio mientras una fuerte corriente patriótica se arremolina entre las nenas, los símbolos, los pinceles y esas estrellitas que nos sorprenden por aquí y por allá en muchas de las obras.

Ese coral estético gira y gira. La niña, en ese remolino de sensaciones, me visita y se ahuyenta. ¿Una niña o varias niñas? Aunque ninguna duerme, es como si temiera despertarlas. Comienzo a caminar con paso lento. Un inaudible sonido se pega a mis oídos, me pisa los talones, como si las pequeñas me persiguieran. En realidad, lo que me acompaña -mientras me voy alejando de la exposición- es el centellante e inolvidable mundo de Elena.

Oscar Cuervo

La otra