CRITICA | Loving Vincent


A pesar de que hay quienes sostienen que «ya no se hacen películas buenas», no reconocer en muchos de los filmes de los últimos años valor artístico alguno resulta incomprensible. Ya sea por lo sobrecogedora que puede ser una buena dirección de fotografía (véase El Renacido, del 2015), lo admirable que es un buen diseño de producción (véase El Gran Hotel Budapest, del 2014), o lo incendiaria que pueda ser la composición de un guión (véase Manchester Frente al Mar, del 2016), las películas de ayer, de hoy y de mañana están - y estarán - llenas de piezas que, se mire por donde se mire, contagian emociones, despiertan inquietudes y, sobre todo, dan forma - en mayor o menor medida - a un arte. Un arte que sigue ofreciendo películas tan refrescantes y valiosas como Loving Vincent.

Tras haber sorprendido en el Festival Internacional de Cine de Toronto y haber cosechado una nominación al Globo de Oro y al BAFTA, Loving Vincent (Dorota Kobiela & Hugh Welchman, 2017), una de las películas de animación más ambiciosas y arriesgadas de los últimos años, llegó a las pantallas españolas dispuesta a hacerse un hueco entre ese público que sigue creyendo en el cine.

El filme, que indaga sobre los últimos días de la vida de Vincent Van Gogh y los motivos que le llevarona quitarse la vida en aquella pequeña localidad de Auvers (Francia), fue concebido inicialmente como un cortometraje del que sólo su directora - Kobiela - se haría cargo. Sin embargo, dada la ambiciosa producción que supondría este homenaje a al artista, la película terminó adoptando la forma de largometraje: disparando así el presupuesto y obligando a la cineasta a replantearse su trabaja y ampliar equipo. Porque no, nadie es capaz de sacar adelante una película enteramente realizada al óleo sin un poco de ayuda.

Por lo tanto, tras una pre-producción, un rodaje y un montaje, la plantilla se vio invadida por más de cien artistas cuyo objetivo no era otro que trasladar al óleo cada fotograma de la película hasta convertir a Loving Vincent en una obra audiovisual compuesta por hasta 65,000 cuadros, todos ellos basados no sólo en el estilo del artista holandés, sino en ciento veinte de sus casi novecientos cuadros.

El resultado final, como cabe esperar, es una obra audiovisual única. Ya no sólo resulta abrumador mirar la pantalla e imaginar todo el trabajo que ha habido detrás de las cámaras, sino que poder contemplar los cuadros de Van Gogh perfectamente contextualizados en una película que se dedica a reconstruir - al compás de las fantásticas partituras de Clint Mansell - los misteriosos últimos días del artista, es un auténtico privilegio. Lástima que Coco (Lee Unkrich, 2017) se haya estrenado este año, porque Loving Vincent es un filme que se merece todos y cada uno de los premios a los que le nominen.


Jerry
Imagen vía Indiewire

Jerry F.

Malditas criticas de cine