CRITICA | Isla de Perros


Que al pronunciar el título de Isle of Dogs (Wes Anderson, 2018) de la impresión de que se está afirmando que nos "gustan los perros" en lugar de estar haciendo referencia a la nueva película de Anderson, podría ser un accidente. Sin embargo, estando más o menos familiarizados con las costumbres del responsable de Moonrise Kingdom (2012) y El Gran Hotel Budapest (2014), no sería ningún disparate pensar que era precisamente eso lo que el cineasta buscaba: dar un nombre a su película que no sólo hiciese referencia a - lógicamente - la trama de la misma, sino que dejase claro que, aunque en sus obras los perros acostumbren a salir malparados, a él en realidad le encantan.

Por lo tanto, haciendo justicia al juego de palabras del que se sirve su título ("I love dogs", para los más despistados), el nuevo trabajo de Anderson funciona como un innegable tributo al mejor amigo del hombre. Aunque en él todos los perros de la ciudad de Megasaki (Japón) sean desterrados a una isla llena de basura para evitar la extensión de la llamada "gripe canina", el empeño del joven Atari en encontrar a su mascota perdida pondrá en jaque al gobierno de Kobayashi - conocido por su devoción al gato - terminando con el eventual triunfo de "los buenos" (es decir, los amantes de los perros).

Valiéndose de la compleja - pero exquisita - técnica del stop-motion, con Isla de Perros Wes Anderson nos sumerge una vez más en un mundo fascinante que cuenta con un reparto inmaculado, un soberbio diseño de producción, una banda sonora espléndida y una historia que derrocha tanta originalidad como la de su Fantastic Mr. Fox (2009). Que no os engañen las acusaciones que ha recibido por ser aparentemente racista, porque aunque el japonés no haya sido traducido al inglés y el personaje de Greta Gerwig se pueda asemejar al prototipo de "blanco salvador", al juzgar esta película uno no debe buscarle los tres pies al gato. Porque, como muy bien indica su título, es hasta improcedente. 



Jerry

Jerry F.

Malditas criticas de cine