La ética es el límite que se le pone a los avances "desmedidos" de Moyano.
Este aspecto, casi indiscutible so pena de convertirse uno en un justificador de la corrupción, no es, como puede suponerse en principio, neutral.
Opera aquí cierto elemento que es una rémora de cierta ética política bastante cuestionable a mi modo de ver: el Estado, o los representantes de los trabajadores, o los dirigentes de los clubes de futbol, etc., es decir, todos aquellos que representan o dirigen entidades sin fines de lucro u operan desde la función pública, deben estar sometidos a una ética particular, distinta de la de "los privados".
En principio, la cuestión pasa por un tema de graduación: "es peor hacer x cosa desde el Estado". Después, la ética adquiere carácter diferencial: el privado quiere avanzar hacia una situación más ventajosa y actúa en consecuencia, y el Estado (y por añadidura ciertas asociaciones representativas) están para corregir las inequidades provocadas por esa ambición tolerada, de la que sólo cabría reaccionar frente a algunas de sus consecuencias escandalosas.
De allí, hacia una concepción de las sociedades: la lucha de las ambiciones en el ámbito privado, y el arbitrio desde la esfera pública. Conservadora, ésta última, y garante de las estructuras y roles establecidos.
Así el sentido común y la ética diferencial establecen que Moyano no tiene autorización republicana para ocupar determinados espacios.
En estas estructuras, los factores de poder ya están instituidos y no admiten competencia.
Un sindicato no puede hacerse una caja con las mismas herramientas con que las hacen las patronales, porque justamente para eso están las patronales, y no los sindicatos. El sindicato tiene otro rol: ser el árbitro que levante la banderita esperando que el juez principal marque la infracción cuando alguna empresa (individualmente y en uso de sus toleradas facultades para mejorar su situación relativa) abuse algún derecho laboral.
En esa misma lógica, es dable pensar que sería deseable que para negociar con la gente de AEA, supongamos, en lugar de mandar a Moyano, que se les planta y les compite en prepotencia casi de igual a igual, les tendríamos que mandar a la monja Peloni que hará algún que otro pucherito ante lo que no le gusta, pero que no va a dejar plasmado más que un testimonio, tan sentido como inútil.
Y mientras tanto las cosas transcurrirán como manda la naturaleza (y las instituciones; y la ética diferencial).
Se supone (mal) que la dirigencia sindical arbitra (si es eso lo que se supone).
Es (la dirigencia sindical) un factor de poder que compite por espacios de poder con los otros factores de poder, que (digamos de paso) cuando van perdiendo agarran la pelota con la mano y dicen que hay trampa porque el árbitro no los defiende.
Hay enormes ejemplos de esto. Tomemos el de la Justicia. Se promueve como camarista por mérito incuestionado a la esposa de Recalde y se dice que Moyano quiere copar la Justicia. El poder judicial mientras tanto está conformado casi en su totalidad por personas que en su actividad privada fueron empleados de las grandes empresas, que tienen esposos/as o amantes desempeñando esas funciones, que viven en el mismo country y comen asados juntos con los referentes de las asociaciones empresarias, que incluso los visitan en sus despachos sin anunciarse.
Entonces ante la mera posibilidad de que una camarista del fuero laboral no defienda a capa y espada los intereses empresariales, como hacen otros jueces, te paran el partido y gritan "trampa".
El "árbitro" quiere empezar a jugar, y eso no vale.
Subvertir esa lógica: eso se proponen los sindicatos conducidos por Moyano. Actúan con la concepción de que el partido no está definido, y que no deben ser espectador neutral en la disputa por espacios de poder ajenas, y cuyo único rol se reduciría a cantar la falta del que se excede. Quieren jugar.
Son, en algún punto (y me banco las puteadas) más revolucionarios que algún que otro clasista de "declaración", que abomina las burocracias.