Nada indica que Mauricio Macri pueda ser candidato presidencial ni que, si lo fuera, pudiera pasar a la segunda vuelta. Pero tampoco nada indica que no pueda conseguirlo.
Calamidades varias con casi una decena de jóvenes muertos en pocos meses, errores no forzados, declaraciones disparatadas e irritantes como roce de ortiga, protestas estudiantiles cada vez más masivas, paros docentes, sospecha de ilícitos, subejecuciones presupuestarias. Pocos gobernantes podrían soportar semejante aluvión de negatividades “objetivas” en las que el jefe de la Ciudad aparece como responsable político directo.
No se habla aquí de sugerir que “cualquiera ya hubiera renunciado”, que “habría sido echado a patadas” o cualquiera de las habituales patrañas destituyentes, sino, al contrario, se habla de lo poco que todas estas gravísimas cuestiones han impactado sobre la imagen y/o popularidad del Ingeniero en Jefe de Gobierno Porteño.
Quizás la clave de su “teflonado” resistente esté cifrada en una línea de defensa ensayada por la ex vicejefa de gobierno, y hoy diputada, Gabriela Michetti, quien justifica habitualmente los problemas que enfrenta la Administración Macri con un “nuestro equipo es técnico pero de poca formación política”.
Para los que seguimos un tanto obsesivamente a la política en todas sus dimensiones y expresiones, esta explicación nos suena hasta ofensiva. A uno le sale directamente un “y díganme, ¿por qué se han metido en este baile si no saben siquiera de qué se trata?”. Algo terriblemente evidente cuando se examina la espiral ascendente que ha tenido la protesta estudiantil, con un gobierno que ha preferido, torpemente, echar nafta a una llamita de fósforo para llegar a provocar un incendio político, con más de treinta colegios tomados. Más allá de los problemas edilicios y afines, si una cosa quedó clara es que el macrismo exhibió frente a la dirigencia de estudiantes secundarios (no, digamos, la del sindicato de camioneros), una cintura política menos contorneada que la de un teletubby.
Pero recordemos que Macri reina (pero no gobierna) en la benemérita capital de la antipolítica. Y, por lo tanto, las declaraciones de Michetti, procesadas por el decodificador hermenéutico de una gran porción de la población porteña, terminan resignificando un “nosotros sabemos hacer las cosas, pero la politiquería conspira para que no podamos hacerlo”. Algo completamente fiel al discurso tecnocrático del cual el PRO es uno de los máximos exponentes: “Todo sería mucho más fácil si, en vez de estar contaminada por la política (esto es, negociaciones interminables llenas de chicanas), la democracia se asemejara a una reunión de accionistas que eligen a una determinada gerencia para desarrollar un Plan de Gobierno. Si les va bien, sus acciones suben (aumenta su popularidad en las encuestas), lo que significa que están haciendo las cosas bien”. O sea, entender un problema, hallarle una solución, encontrando el algoritmo general que asigne eficientemente los recursos existentes a las demandas de la ciudadanía y los problemas a futuro.
Una primera cuestión que contradice la utopía de la tecnópolis macrista es que no existe tal algoritmo, y nunca va a existir. Los recursos no alcanzan para todos, hay que decidir a quiénes se les cobraría más impuestos, hay que establecer un orden de prioridades, no se sabe a ciencia cierta cuáles son los problemas que dominarán la agenda, y tampoco hay soluciones ciento por ciento científicas, ni mucho menos, para la mayoría de las cuestiones de gobierno.
Una segunda cuestión contra la perspectiva tecnocrática macrista es que la política “está”, es un “dato”, no es una novedad. No existe un buen técnico si no calcula también el “costo” de la política y no tiene en cuenta sus complejidades y la necesidad de operadores. Si no, más que un técnico sería un teórico inútil, que establece sus decisiones en un plano que no tiene nada que ver con la realidad.
Esto lleva a una tercera cuestión que pone en duda, no la capacidad técnica individual de los integrantes del macrismo (aunque frente a todas las ineficiencias de gestión, cabe plantearse la duda), sino su conformación como equipo de gobierno para administrar la cosa pública, que tiene -también evidentemente- sus bemoles, sus características particulares que la hacen muy diferente de la administración de los negocios privados. Eso no quiere decir que no haya que adoptar en la administración pública, muchas veces, “incentivos de mercado”, pero entendiendo, sin embargo, su lógica completamente diferente, que pasa por su esencia política y su esencia democrática.
Pero, entonces, la disociación entre la gestión desastrosa del macrismo (siendo éste paradójicamente su principal caballito de batalla) y la popularidad de Macri, ¿puede ser explicada por una simple excusa del tipo “queremos y sabemos pero nos ponen palos en la rueda”? No. Más bien el éxito en la disociación no se debe al argumento en sí, que es falso, sino en la cantidad de porteños dispuestos a creerlo. Desde ya que esto no se soluciona con quejarse del electorado que “no sabe lo que quiere y ni siquiera quiere saber” (como recientemente, y de modo un tanto contraproducente, se quejó en público Cristina Fernández por la actitud supuestamente desagradecida de la clase media respecto a su gobierno).
En realidad, los porteños creen en la “excusa” macrista porque ellos mismos se han convertido en furibundamente antipolíticos. Ellos mismos tienden a pensar de manera ingenua y simplista los problemas públicos (y ciertamente muchos de los políticos tienden a confirmar las peores de las sospechas que despiertan). Sin embargo, allí no se agota la cosa, porque hay una cuestión profundamente ideológica en la supervivencia encuesteril de Macri.
Al jefe de gobierno, la “derecha” porteña le banca todo.
No importa que no cumpla con las promesas de campaña, no importa que su ineficiencia también afecte los barrios más pudientes e incluso la seguridad de quienes podrían ser sus votantes típicos.
Macri es “gente como uno” y, si no lo fuera, es “el enemigo de mi enemigo, o sea mi amigo”, en una lógica esencialmente política e ideológica, aunque sea negada por quienes la practican y dicen estar más allá de la política y más allá de cuestiones ideológicas.
Pero, en el caudal de popularidad de Macri hay, obviamente, un componente posmoderno, cuyo lado más concreto es el de su paso exitosísimo por Boca, pero también está lo de constituirse como personaje mediático a quien muchos no piden nada, salvo que se siga exhibiendo. Un perfil que trata de imitar de aquel que fue un pionero y maestro insuperable del género, Daniel Scioli, quien, a diferencia de Macri no le hace asco a la política, y más allá de las cuestiones de gestión, ha podido sobrellevar -gracias a ella- una gobernación tan compleja como la de la provincia de Buenos Aires, cruzada de conflictos políticos tremendos, sin mayores complicaciones. Si hasta el “reto” de Néstor Kirchner parece haberle “subido el precio” al gobernador, a quien se le abren varios Plan B en caso de que el kirchnerismo decida que no sea el candidato oficial para la provincia (algo que no podría explicarse fácilmente).
En contraste, el futuro político de Mauricio Macri depende, fundamentalmente, de las decisiones de otros. El único modo de tener chances ciertas para el año que viene depende de que el peronismo disidente decida apoyarlo como candidato. Sin embargo, la derechización que ha exhibido en los últimos tiempos, clave en su estrategia de supervivencia, lo aleja del perfil neopopulista necesario para ser aceptado por la patria peronista anti K, como lo señala Artemio López en un blog reciente. Después de ninguneos mutuos, ha habido una tregua con Eduardo Duhalde, pero no pasa de eso.
En ese sector, el preferido es Carlos Reutemann, cuya negativa férrea a ser candidato ha llegado a ser interpretada por algunos como una genial maniobra electoral, a saber, la “estrategia del No”.
Macri es, para ese espacio político, un outsider que podría consumar desde la derecha el rapto de parte del peronismo, contracara fatídica del menemismo, que si bien entregó sus políticas al neoliberalismo nunca le entregó sus votos. Por eso, Mauricio Macri es sólo el “candidato default” del peronismo disidente, un candidato que sería aceptado, a lo sumo, en última instancia y no sólo por cómo mide o medirá en las encuestas.
(Debate)
en la capital hay cambios, la plata de los impuestos se reinvierte en obras publicas concretas, cosa que nunca antes habia visto. La gente no se queja porq todos los problemas q hay en la ciudad son acarreados de gestiones anteriores, que para sorpresa de algunos, los q extendian su REINADO antes en la ciudad eran los K, y Macri vino a gobernar y es cierto que viven entorpeciendolo. Esa es la unica estrategia de los K entorpecerlo todo, hasta las instituciones, la prensa, etc. Es por esto q la gente ya aprendió en su mayoría a no hacer caso a todo esto. Es por ello la supervivencia de Macri en el poder ante el constante asedio de los K desde todos los angulos. Firmemente la gente votará a Macri en el 2011 para lo q sea, por q saben q no es mas de lo mismo, a pesar de que tenga sus errores y equivocaciones, y falta de oratoria, es el menor mal posible para la gobernacion de cualquier tipo en la Argentina