El problema, dijimos, no es ni Moyano, ni el Gobierno. Es el estilo de sindicalismo que encarna Moyano y la misión del Estado burgués de cuidar el proceso de acumulación de capital, del cual los trabajadores parcialmente representados por Moyano han obtenido réditos también, no hay que negarlo.
En las pujas distributivas resultantes del proceso de generación de rentas (a veces extraordinarias en relación al patrón histórico nacional) este Gobierno, además, dio muestras de tener una actitud no alineada con las elites tradicionales de los propietarios del capital y sus socios externos. Actitud excéntrica, también, si la comparamos con la media histórica de nuestro país.
Con la visión puesta, no en hacer una revolución socialista, sino en darle sustentabilidad a un proceso (más deseado que finalmente plasmado) de desarrollo endógeno de las fuerzas productivas nacionales. Bastante más de lo que nos animábamos a imaginar hace apenas 10 años de cualquier gobierno surgido de nuestras instituciones democráticas y nuestra clase política.
Esta impresión respecto de la actual etapa de conflicto de intereses entre la corporación sindical y el Estado burgués no tiene mucho eco en opiniones de otros compañeros. Sin embargo, el devenir de los acontecimientos cada vez me convence más.
Uno de los corolarios de pensar la situación bajo esta matriz es la no-demonización exagerada de Moyano, a la que no vamos a condescender bajo ningún punto de vista, máxime cuando muchas veces lo defendimos en situación francamente minoritaria.
Sin embargo, hay un tópico que rescata hoy en Ámbito Alberto Fernández, que lejos de lo que puede suponerse a simple vista, no le hace a Moyano ningún favor.
Y es la mariconeada ésta del "maltrato". Asumida ahora por pseudo-defensores del dirigente sindical, extrapolada desde el campo de las corporaciones empresarias y periodísticas, que han blandido tal llorizqueo a lo largo de todos los años de mandato de ambos Kirchner, como respuesta perpleja a la inédita situación de haberse visto excluidos de los ámbitos de toma de decisión, o del acceso a la primicia pre-oficialización.
Moyano es un muchacho grande y acostumbrado a actuar en política, incluso en situaciones muy bravas. Y Cristina es hoy la presidenta y la máxima jefa y conductora de la expresión política de la que, al menos hasta hoy, Moyano forma parte.
¿Qué más hay para decir? ¿Qué pretende Moyano? ¿Qué le digan "te quiero"?
Está todo bien, con las discusiones, los disensos, lo que quieran. Pero la mariconeada no, que en gente grande queda fea.