Kirchner no fue un revolucionario en el sentido marxista. No aspiró a construir el socialismo. Kirchner fue el capitalista más inteligente de las últimas décadas, el tipo que vio claramente que el modelo desarrollado por los sectores dominantes no cerraba por ningún lado y que se imponía otra mirada en la cuestión de la redistribución. Por eso, por ejemplo, su decidida gestión en la vertebración de una relación con Lula y Brasil como no reconoce antecedentes en la historia de ambos países. Claro que pensar en modificar algunas cosas del capitalismo argentino es un sacrilegio y por ello fue demonizado al extremo. Kirchner sabía que para desarrollar reformas hasta si se quiere tímidas había que resistir los embates de los poderes más concentrados y por eso no cejaba en la construcción de más y más poder, para aumentar la capacidad de resistencia ante la inclemencia política que todo eso le generaba. Tuvo el tupé de intentar reformular varias aristas de la estructura socioeconómica argentina y ese intento ya de por sí le cuesta caro a cualquiera que deberá sufrir, además del ataque previsible de los sectores concentrados, el petardeo por izquierda de quienes con una mirada de máxima planteen que mucho de lo que dejó el menemismo no fue tocado.
Con Néstor Kirchner aprendí a ver la cuestión del poder de otra manera o si se quiere aprendí a verla definitivamente y eso no dejaré de agradecerlo por el resto de mis días.