Con un flamante EP, Aunque ya esté grande aún quiero ser astronauta, y un LP a la vista, el músico dice que juega a romper las estructuras en sus canciones. “Pero uso palabras de todos los días, no una poesía pretenciosa”, dice el cancionista que supo formar parte de la banda de Tomi Lebrero. 

Por Sergio Sánchez
Fotografías de María Paula Orfila

Buenos Aires, octubre 25 (Agencia NAN-2013).- El angosto balcón del departamento porteño de Ivo Ferrer es un necesario rincón verde entre tanto cemento. Las macetas se enfrentan a los edificios como David a Goliat. Apenas el cronista de Agencia NAN llega al lugar de la cita, el músico se apresura a llevarlo a ése refugio donde el rayo del sol encuentra una grieta. Es que Ivo no creció entre edificios. Su lugar de origen, donde se crió y forjó su personalidad, es José Mármol, en el sur del conurbano bonaerense. Allí donde también Tute supo amar el oficio de su padre. Almirante Brown se caracteriza por terrenos frondosos y árboles que purifican el aire. Y, aunque en éste entrevista no lo haga explícito, se nota que añora su ambiente natal. Hace un par de años se instaló en la gran ciudad debido a la amplia oferta cultural, a las posibilidades para conseguir fechas y al trabajo que le da de comer: traducir textos en italiano. Tocar es lo que más placer le da. No para de hacerlo. El año pasado, cuando decidió encarar un proyecto propio después de integrar varias bandas, tocó como 80 veces, en donde pintara. Y éste año ya perdió la cuenta. Así recorrió todo el circuito de la ciudad -y parte de la zona sur- y no paró de cruzar contactos con músicos y espacios.

Ivo Ferrer acaba de sacar su segundo EP, Aunque ya esté grande aún quiero ser astronauta, un disco con cuatro canciones que manifiestan una inquietud lúdica, un espíritu multidisciplinario y letras para nada solemnes. El primer EP había sido Genial (2012). Hay humor y “buena onda” en sus canciones. Y, sobre todo, hay riesgo en la composición: “Hoy con una computadora en tu casa podés sonar re bien. Ahora, a diferencia de los ’90, se está valorando más la composición que el sonido. Al ser tan accesible conseguir un sonido copado, ahora es necesario proponer algo diferente. No tiene trascendencia si proponés algo que ya está dando vueltas. De hecho, con una buena frase ya podés hacer una canción. No me interesa tanto la estructura. Estoy tratando de crear una identidad sonora”.

Aunque ya esté grande… fue subido a Bandcamp hace un par de semanas y ya consiguió más de 7000 reproducciones. “Y en el ranking de Bandcamp está en la primera página de Argentina”, se sorprende Ivo. Ayer, él y su banda formaron parte de la celebración de los diez años de carrera del músico Marcelo Ezquiaga, en el ND/Ateneo. La intención en el corto plazo es aceitar la banda –que varía entre diez y doce músicos- y hacer conciertos “serios” al menos una vez al mes. En diciembre, entrará al estudio a grabar su primer LP con nuevas canciones. Y estima que saldrá a la calle en marzo de 2014.

Ivo pasa el primer mate de la tarde y cuenta.Cuando yo estaba en la panza, mi viejo estaba tocando en una ópera en el Colón y cuando la gorda gritaba, yo pateaba”. Larga una risotada y vendrán muchas más. Con un padre músico, era difícil no seguir ese camino. “Mi viejo me estimuló y me apoyó cada vez que yo quería algo, pero no me metió presión. Si bien a los cuatro años me mandó a estudiar piano, después esperó que me despertara solo. Creo que la música está en los genes. Después, a los quince quería tocar la batería y me la compraron al día siguiente. Estudié batería como ocho años, con distintos profesores”. Su primera banda llegó a los 16 y no era ni de tango ni de música clásica: era de punk. “Tocábamos de soporte de El Otro Yo, Cadena Perpetua”, recuerda. “A los 15 o 16 me empezó a gustar el punk y el hardcore: Fun People, Loquero, Shaila, Smitten. Siempre me gustaron las bandas under, sobre todo de acá. Escuchaba cosas que podía ir a ver”.

El universo de la canción de autor llegó un poco más tarde. Un hecho bisagra para él fue asistir a un ciclo que se llevó a cabo en Ultra Bar y que reunió a músicos como Juan Ravioli, Lucio Mantel, Pablo Dacal, Juanito El Cantor, Pablo Krantz, entre muchos otros. ”Compartían canciones entre ellos y fue tremendo”, dice Ivo. “En Mármol hay música que no llega”, se lamenta. Y amplia: “En el sur no hay una propuesta tan armada. Hay cosas lindas pero no hay tanta unión. De todas formas, hay lugares que proponen cosas muy piolas, como El Árbol Caído (Adrogué) y Estudio Quinto. Quiérase o no, lo que pasa en el sur queda en el sur. Pero lo que pasa en Capital se expande. La Plata es tremenda también. La gente es muy receptiva. Hay lugares a los que va gente que va a escuchar música y no le importa quién va a tocar. En el sur falta un poco eso. En El Tío Bizarro, por ejemplo, sí se da eso, pero en otros lados no”. En el sur del Conurbano, como bien dice Ivo, el circuito cultural parece estar en construcción. Y los músicos y públicos están aún dispersos. Sí, no es fácil estar tan cerca de un foco cultural tan fuerte como el porteño. No obstante, de a poco, surgen espacios que apuestan a los músicos jóvenes y a las propuestas no ligadas a la masividad.



A los 23 se separó de su última banda: Cherno. Fue entonces cuando empezó a componer sus primeras canciones. Claro, antes sucedió algo que lo movilizó: “Aprendí a tocar la guitarra en un viaje con amigos. Y al poco tiempo una chica me dejó y le empecé a hacer canciones (se ríe). Al tener educación rítmica, apunto mis canciones desde ahí. Tengo la base de batería más que otra cosa”. Aunque ahora se está relacionando más con la guitarra y el ukelele, no dejó de tocar la batería. ”Hasta hace poco estuve tocando batería y percusión en la banda de Tomi Lebrero. Lo conocí en una fecha de Adrogué y pegamos buena onda. Después fui a un curso de composición que daba”. También, en ocasiones, acompaña en batería a su compañero de generación Facundo Galli, un marplatense afincado en Temperley.

 --¿Te sentís identificado con la canción de autor?
--En realidad, me gusta jugar con quebrar las estructuras. Al principio, cuando agarré una guitarra y empecé a hacer canciones quería que se parecieran a las de estos chabones que me encantaban. Pero algo me hizo querer salir de ese lugar. Y correrme de ciertos parámetros. También, al comienzo, me gustaba el término cantautor, pero ahora no gusta para nada. Una amiga me decía: “Yo te vengo a ver porque soy tu amiga, pero si seguís tocando canciones tristes no voy a venir nunca más”. Y ahí me puse a pensar en el término. Los primeros temas que uno hace son siempre de penas. A muchos que hacemos canciones no está pasando esto de querer romper con las estructuras. Hay otros que están muy cómodos en las estructuras. Me cabe más romper ciertas cuestiones, pero uso palabras de todos los días, no una poesía pretenciosa. Que te guste o no pero que no digas “me hace acordar a tal”. De todas formas, puede pasar que se parezca a tal o cual. Soy muy melómano, escucho música todo el tiempo, entonces es obvio que se va a parecer a algo. Es imposible que no se parezca a algo después de miles de años en que la gente viene haciendo música.

--Estás linkeado con gente de muchos palos. ¿Es una estrategia para mover tu música o simplemente se da?
--Creo que estoy haciendo una música que no se encierra en un género o en un ambiente. Eso lo hace adaptable a distintos ámbitos. No me interesa atarme a algún género. Me sentiría súper incómodo si tuviera que cumplir con ciertos cánones. Por ejemplo, me gusta hacerme el rapero cada tanto pero desde un lugar que no es de rapero. Me gusta crear personajes que cantan las canciones más que ser un pibe existencial que habla de la vida o la muerte. Me sale también desde un juego. Me pongo consignas. Trato de crear el personaje de la canción. Todo tiene algo de autobiográfico, pero uno al crear una canción en cierta forma también crea una fantasía. Y está bueno alimentarla y construir un personaje más exagerado de lo que es. Tampoco algo demasiado burdo. Si fuese todo desde mí no disfrutaría tanto.


*Ivo Ferrer presentará su disco el viernes 22 de noviembre en La Oreja Negra (Uriarte 1271).