Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada. Lo que era tuyo era fruto de tu esfuerzo, pero igual lo consideraste un privilegio y lo fuiste regalando con una sonrisa”. Con estas palabras Rodolfo Walsh recordaba al querido poeta, periodista y militante Francisco “Paco” Urondo, muerto por el terrorismo de Estado el 17 de junio de 1976, en Mendoza.
Pasaron 34 años desde aquel día, de la emboscada montada por los policías del Departamento de Informaciones –la temible D2–, de la persecución y la balacera por la calles de Guaymallén, de la muerte de Paco, de la desaparición de su mujer Alicia Raboy y el secuestro de su hija de 11 meses, Ángela, luego recuperada por su familia.
Fueron 34 años de espera, de luchar con una justicia tabicada por cómplices de la dictadura, pero el miércoles pasado al fin comenzó en Mendoza el juicio oral por el asesinato del escritor y varios otros casos. Hay diez represores imputados, entre ellos el ex general Luciano Benjamín Menéndez, acusados de haber participado en 32 casos de delitos de lesa humanidad, en su mayoría desapariciones.
“La figura de mi viejo está intacta. Pero sobre todo está intacta la ausencia. Lo más presente es la ausencia absurda”, explicó Javier Urondo, hijo de Paco y de su primera esposa, Graciela Murúa, con la que el poeta también tuvo una hija, Claudia Josefina, desaparecida el 3 de diciembre del ’76 junto a su marido, Mario Lorenzo Koncurat.
Javier es el querellante en la causa de Mendoza, con el patrocinio de los abogados Pablo Salinas y Alfredo Guevara (hijo). Acababa de volver a Buenos Aires de la primera jornada del juicio cuando recibió a Tiempo Argentino en Urondo Bar, el restaurante que tiene en el barrio de Caballito junto a su sobrino Sebastián Koncurat.
(Tiempo Argentino)