Es el Estado burgués. Guardián, por definición, del proceso de acumulación de capital. Somos una sociedad capitalista. Por elección ampliamente mayoritaria de sus miembros.
Comprometido (el estado burgués) por primera vez en muchos años con el desarrollo endógeno.
Moyano es, en carne y hueso, el tan mentado hecho maldito del país burgués. Lo cual no equivale a la no neutralidad a favor de los pobres.
Los trabajadores representados por la CGT no son pobres.
Las empresas del grupo Techint se dan el lujo de pagar salarios de 10 o 12 lucas, más beneficios. Así y todo, conservan rentabilidades inmensas. Remitidas (en dólares) a Luxemburgo, donde se tributa menos. Pueden hacer participar de las ganancias a los trabajadores. Esta distribución selectiva se esconde detrás de la idea de arreglar particularmente el asunto. Sin legislarlo.
A su vez, alrededor de 3 de cada 4 empleos nuevos son generados por Pymes. Que no tienen márgenes de rentabilidad tan grandes. Ni podrían pagar salarios como los mencionados sin sucumbir ante la competencia afincada en regiones donde el salario se encuentra fuertemente depreciado.
Y además están las personas que después de 8 inéditos años de crecimiento todavía no lograron insertarse en el circuito productivo. Las posibilidades de hacerlo decrecen proporcionalmente a los avances en materia de distribución funcional del ingreso (entre capital y trabajo) que Moyano muestra como conquistas.
El nuevo estatuto del peón rural no modifica en nada la ecuación económica de las grandes explotaciones sojeras y trigueras de la Pampa húmeda. Pero le pega a los quinteros de La Plata, o a la producción de aceitunas riojanas y manzanas rionegrinas.
Esas complejidades esconde la situación actual del aparato productivo argentino.
Tiempos complicados, incluso para los alineamientos políticos.