Tal vez, de eso se trata esta historia, nada de lo que toca Maradona roza la mediocridad o las medias tintas. El cielo o el infierno, ése parece ser su sino, la materia de la que está hecho y el modo como ha atravesado las vicisitudes de su vida y de nuestra pasión futbolera. Agradecidos por una historia que no se cierra y que también incorpora, como no podía ser de otro modo, las estrepitosas caídas, esas que, por qué no, nos recuerdan que las cosas también fueron diferentes. Hoy nos tocó perder feamente, dolorosamente; ayer sentimos la felicidad de lo que se convierte en recuerdo imborrable. Ambas experiencias conforman el secreto de nuestra memoria y la maravilla del fútbol que, para nosotros, siempre llevará el nombre de Maradona aunque ahora, y en medio de la derrota, aparezcan los buitres de siempre, esos que esperaban la caída del ídolo, que la deseaban para seguir medrando con su miseria y con sus aspiraciones carroñeras.
Algo de lo extremo, de eso que siempre acompañó a Diego, parece dar cuenta de nuestras vicisitudes, como si no nos conviniera el equilibrio ni el consenso. Todo o nada. El itinerario de Maradona se entrelaza con el del país, juega en espejo y nos muestra imágenes de nosotros mismos. Sus éxitos y sus derrotas no parecen ser muy distintos de los que nos acompañaron a lo largo de la historia.
Supimos de momentos espléndidos, de mundos populares alcanzando cotas de equidad que dejaron sus huellas en lo más profundo de la memoria colectiva (y el Maradona de Villa Fiorito, el amasado en los potreros del pobrerío, el del lenguaje reo, el que siempre estuvo más cerca de Garrincha que de Pelé, representa una parte no menor de esa memoria de un pasado mejor); supimos, también, de descensos al infierno, de horrores dictatoriales y de masivas destrucciones de nuestros sueños en distintas circunstancias de nuestra travesía como nación. Conocimos la esperanza y supimos del desencanto, tocamos los resortes más íntimos de la ilusión y nos descubrimos en medio de la pesadilla. Como país tuvimos, y tenemos, algo maradoniano, imposible, loco, entrañable, inesperado que no sabe de puertos intermedios, de maquinarias que siempre funcionan de la misma manera.
Conocimos la improvisación genial y el desastre de la improvisación. Jugamos en equipo y nos embelesamos ante la aparición del genio que, él solo, resolvía partidos. Tal vez nuestro problema radique en no lograr que se crucen más y mejor ambos caminos. Tal vez ése fue el error de Maradona en este Mundial: imaginar que Messi era como él, que los mitos se repiten y que las epopeyas están a la vuelta de la esquina. A Messi, como a la historia argentina, le pesa la sombra del mito, el recuerdo de lo maravilloso perdido que, sin embargo, sigue insistiendo.
Todos, sabiéndonos portadores de una vana ilusión, soñábamos el sábado en medio de lo que parecía un desastre, con la jugada maradoniana hecha por Messi, con esa gambeta increíble reproducida veinticuatro años después. Claro, descubrimos que los acontecimientos inolvidables son únicos y no se repiten o, al menos, no cuando los esperamos.
Una pasión que conmueve la vida cotidiana, que altera los ánimos y le da forma, muchas veces, al carácter nacional no puede ser la expresión de lo rutinario ni asumir la forma burocrática de quienes no sienten hasta el fondo de sus almas la significación de un deporte que es más que un juego, mucho más que un entretenimiento o que la retórica del fair play; que pone en evidencia lo visceral y lo emotivo, lo racional y lo imaginativo y que se entrelaza con recuerdos y biografías de cada uno de nosotros.
Porque, a pesar de algunos periodistas que se ofrecen como sesudos analistas de la derrota, que siempre es ajena, a muchos de nosotros el 4 a 0 contra Alemania nos atraviesa el cuerpo y los sentimientos, nos hace retrotraernos a lo más recóndito de nuestra memoria futbolística y nos pone delante de una historia maravillosa allí, incluso, donde la frustración, la cachetada destemplada, el golpe de nocaut, la humillación de resultados calamitosos, se conjuga con gambetas inigualables, tacos para la historia y triunfos espléndidos de esos que muy pocos en el mundo pueden ofrecer como propios.
Las derrotas también dejan sus marcas y asumen la forma del mito, están allí para recordarnos lo que solemos olvidar de nosotros mismos. Son parte de lo que somos y de lo que podremos ser si no las olvidamos ni dejamos de aprender de sus enseñanzas. Los ojos abiertos por el dolor suelen mirar más intensamente que los que nunca lo conocieron. Y también por eso las victorias, como las alegrías, se disfrutan mucho más. El técnico, único e irreemplazable, de nuestra Selección sabe algo de todo esto. Lo sabe porque lo vivió en carne propia.
Habrá que digerir esta derrota, habrá que colocarla en el lugar que le corresponde recordando que somos descendientes no sólo de los éxitos sino también de las caídas. A veces el fútbol tiene la cualidad de mostrarnos algo de nosotros mismos, y cuando lo hace, no elige sólo lo digno de ser destacado sino que también se detiene en nuestras flaquezas y en nuestros errores.
Las dos cosas estuvieron en la Selección y en el artífice de este equipo que pareció, en algunos momentos, acercarse a nuestra más entrañable memoria futbolística y que, en otros, nos devolvió la imagen de la desazón y de la repetición de antiguos infortunios. Alemania nos ganó bien, se aprovechó de nuestras flaquezas y de la ilusión maradoniana de que 1986 podía convertirse en el 2010, y que aquello único podía reaparecer bajo la forma renovada de quien todavía no es Maradona, de quien será, algún día soñado, simplemente Messi.