Recién había comenzado a leer la segunda página cuando, de pronto, Diego Maradona lanzó al aire las palabras que irían derecho a los títulos: “Grondona me mintió y Bilardo me traicionó.” Un rayo silencioso atravesó la sala. Apenas por un segundo, Diego sacó la mirada de las tres hojas en las que estaba escrito su discurso, quizás uno de sus más reflexivos monólogos. En esa frase se resumía todo lo que Maradona pensaba sobre su salida de la Selección.
Fue una de sus conferencias de prensa más esperadas. Será histórica. El lugar elegido fue El Mangrullo, el restorán que regentea el intendente de Ezeiza, Alejandro Granados, junto a su familia. Diego bajó de una camioneta Honda cuando el reloj aún no había tocado las 18. Lo acompañaba su novia Verónica. Sólo se frenó para saludar a los fanáticos que, además de la prensa, lo esperaban en la puerta.
Adentro del lugar lo aguardaban sus colaboradores en la Selección, algunos de los hombres del Grupo de los Siete que Julio Grondona pretendía tacharle: Alejandro Mancuso, Héctor Enrique y Fernando Signorini. Oscar Ruggeri, uno de los focos de conflicto con el jefe de la AFA, también estaba ahí. Su yerno y jefe de prensa, Fernando Molina, explicaba que no habría lugar para preguntas. Dalma y Giannina recibieron al padre con un beso. “Tranquilo, tenés que decir tu verdad”, le dijo su hija mayor.
Aunque caminaba con paz, según dicen quienes lo vieron en esos momentos, Maradona llevaba algo de tensión en la cara, como quien sabe que le pateará la cola al monstruo. Aunque antes, por supuesto, se la habían pateado a él. Sólo 20 minutos pasaron hasta que ingresó a la sala de conferencias del complejo con escaleras de mármol blanco. Ingresó con una sonrisa, la misma barba de Sudáfrica, una camisa celeste y traje gris oscuro. Sus dos aros brillaban como siempre. A un costado quedó su gente.
Mientras resistía todos los flashes, un murmullo cacheteó el ambiente. “¡Diego, esto no puede quedar así!”, gritó un hombre, parado entre las sillas ubicadas para los periodistas. Luego, se presentó como “Felipe Fernández, técnico de fútbol.” Lo intentaron hacer callar varias veces, pero él insistía: “Vos tenés que hacer una contrapropuesta, te tienen que escuchar, sos el más grande.” Maradona sólo sonreía. “Gracias, maestro, pero ya es una decisión tomada. No tomada por mí.”
Y ahí sí, Diego anunció que no habría preguntas. “Les voy a leer con la mayor claridad del mundo este discurso que preparé durante todo este tiempo que estuve de luto.” El texto lo preparó junto a uno de sus abogados, que lo asesoró para que ninguna línea pudiera traerle problemas legales. Eso, de algún modo, le quitó cierta chispa maradoniana, que él le imprimió en vivo por las suyas.
En algunos tramos se trabó. Pareció quebrarse varias veces. En otros, improvisó. “Abajo, Chino”, bromeó imitando el reclamo de un camarógrafo. Le quitó –y se encargó de aclararlo– el “Señor” que antecedía al apellido “Bilardo”. Y se atrevió con imponer su propio lunfardo. Mientras la hoja decía que la lista de jugadores que le había pedido Grondona “era un cuento”, él se animó con un “tocuén”. Y, en ese momento, todos supieron que es imposible que Maradona deje de ser Maradona. Al “tocuén” también lo espera la historia. “Hay personajes que no quieren el bien del fútbol argentino, sólo cuidan sus intereses personales”, dice el texto original que se repartió a los periodistas. Diego agregó: “y sus cuentas bancarias”.
“Ya termino, muchachos”, dijo cuando llegó a la tercera página. Ya había aclarado que Grondona le había pedido por siete personas de su cuerpo técnico. “Tengo valores y códigos, me lo enseñaron mis padres.” Otra frase maradoniana.
Si el rayo cruzó la sala cuando dijo que Grondona le mintió (más tarde, el Jefe diría que jamás le había mentido) y Bilardo lo traicionó, el trueno se escuchó cuando aseguró que el mánager “trabajaba en las sombras” para echarlo. Esa idea de una conspiración bilardista recorrió todo el ciclo de Maradona al frente de la Selección. Diego siempre sospechó de su técnico en México ’86. Mucho antes del Mundial de Sudáfrica.
Su discurso de ayer estuvo en línea con lo que se filtraba desde sus cercanías. Grondona fue el responsable de su salida, Bilardo quien la operó. “Si tiene dignidad, se tiene que ir”, reclamó Héctor Enrique en los minutos previos al monólogo de Diego.
“Agarre quien agarre, que sepa que la traición está a la vuelta de la esquina”, anticipó Maradona en su speech. Le hablaba a su posible y aún desconocido sucesor. Al final, hubo aplausos, incluso de varios periodistas que suelen cortejarlo. Diego se levantó de la silla y caminó hacia su gente. Con ellos estuvo hasta las 21:15, cuando se perdió en la noche de Ezeiza. Atrás no quedaba Ciudad Evita ni los periodistas: atrás quedaba la Selección.