Charly García vuelve a ser noticia y por suerte no se trata de aterrizajes suicidas en piscinas de hotel o zafarranchos cocainómanos sino del recital que ofrecerá esta noche en el Velódromo, donde, se supone, tocará temas del álbum "Kill Gil", cuya elaboración le tomó alrededor de cinco años desde las primeras grabaciones. Hacía tiempo que el ambiente rockero no había estado tan convulsionado por la dulce espera de una obra con referentes biográficos muy marcados. Es que Charly García, al ser un artista-radar no podía ser una persona "normal" en el estricto sentido de la semántica ortodoxa. La letra de una de las nuevas canciones propone un enunciado sarcástico: "Dicen que estoy loco (...) haga lo que haga", por ejemplo, parece subrayar irónicamente ese componente freak en el que lo han encasillado. Pero esa "locura" es la que mejor ha registrado las turbulencias de una nación ciclotímica que se ha dado el lujo de declararle la guerra a una de las potencias del mundo como "salida política" y/o tener casi media docena de presidentes ungidos en diez días. Don Charly ya había enfatizado el asunto en "Yo no quiero volverme tan loco" hace varias décadas, como marcando distancia entre el observador y el asunto observado. Es que Carlos Alberto García Moreno, de alguna manera, es Argentina; una nación ambiguamente poderosa, una tierra hermana a la que amamos con todas sus contradicciones y que el compositor de "Filosofía barata y zapatos de goma" ha sabido dibujar tan bien a través de sus canciones. Niño prodigio que, a los ocho años, tuvo la osadía de decirle al conocido guitarrista Eduardo Falú que tenía una cuerda desafinada, polémico versionista del himno patrio (instancia que lo llevó a tribunales) y con un diagnóstico de patología psicótica esquizoide a cuestas, este artista mayúsculo sigue planteando su mapa de ruta en la historia cultural de estas latitudes.
Con "Kill Gil", una suerte de ópera multidisciplinaria que conjuga sonido, artes plásticas y cine, surge un eje temático que reivindica raíces tercermundistas en un mundo globalizado.
Un nuevo mojón en el periplo de una leyenda viva que ha decretado parámetros como "Nos siguen pegando abajo", "No bombardeen Buenos Aires" o "Tu vicio". Es que el hombre no va en tren sino en avión, aunque esté un poco más regordete. Say no more.