El Mundial ya empezó a jugarse. De nada sirve mirar el calendario y constatar que todavía falta poco menos de cuatro meses para que la pelota empiece a rodar. La sensación en la calle, en los bares y en cualquier reunión con amigos confirma que a los argentinos la próxima cita en Sudáfrica es lo único que los desvela. Y en eso de obsesionarse nadie mejor que Carlos Salvador Bilardo. El mánager de la Selección hace rato que tiene la cabeza puesta en el primer partido contra Nigeria en Johannesburgo; de hecho, tan distraído se lo ve al doctor por estos días que se llegó a correr el rumor que padecía Alzheimer. Demasiado fuerte, incluso hasta para Bilardo, cuyo comportamiento, a veces, invita a dudar del estado de sus facultades.
–Leí en un medio que usted tiene mal de Alzheimer. ¿Es cierto?
–¿Quién dice eso?
–Un portal de Internet
–Hagamos una prueba y te vas a dar cuenta que de la cabeza estoy bárbaro.
–Ok. ¿Cómo se llama su mujer?
–¿Sabés qué? Hagamos algo mejor. Me ofrezco para que me hagan un estudio en la clínica o en el hospital que ustedes digan. Pero apostemos. Yo pongo cien mil pesos y el que dijo eso que también ponga cien mil. El que pierde paga. Para qué voy a andar desmintiendo si esto se arregla fácil. Tengo amigos en el Sanatorio Otamendi que me hacen el estudio ahora mismo, si quiero.
–¿Y qué va a hacer con la plata si gana?
–La dono a quien la necesite. ¿Yo para qué la quiero?
–Más allá de la apuesta. ¿Cómo está su salud?
–Gracias a Dios estoy perfecto. Me hago chequeos médicos cada cinco meses. Me hago de todo, electro, examen de orina y sangre. También camino todos los días como un loco. Voy y vengo. Menos mal que a cada hora llamo a mi mujer para decirle dónde estoy, si se entera de lo que dijeron va a pensar que me perdí. Te vuelvo a repetir: Si ponen plata me hago el estudio que quieran.
Todo bien. Dicen que hace tiempo que la relación con Maradona dejó de transitar un sendero de rosas para convertirse en un circuito de espinas. Tampoco son pocos los que afirman que Alejandro Mancuso, ayudante de campo de Diego, se preocupa por no cruzar miradas con él por temor a un invite pugilístico. Las versiones sobre la convivencia entre el último entrenador campeón mundial que tuvo el país (y, al mismo tiempo, responsable del equipo más odiado de la historia, según la encuesta de un portal inglés en referencia al equipo que jugó en Italia ’90) y el cuerpo técnico de la actual Selección no alienta la ilusión. Sin embargo, el doctor se encarga de despejar cualquier fantasma con olor a interna.
–¿Cómo están las cosas con Diego?
–Están muy bien. ¡Bah, como estuvieron siempre! Desde el ’83 que estoy con Diego, es decir que muchos de los pibes que hoy opinan que estamos peleados ni habían nacido. Yo con él nunca tuve problemas ni los voy a tener.
–¿Puede decir lo mismo de Mancuso?
–Sí, porque el problema que teníamos se arregló. Nos juntamos en una pieza con Julio Grondona y nos pudimos decir lo que pensaba cada uno. Ahora hay que mirar para adelante.
–No se ofenda pero, ¿me puede explicar qué es lo que hace en la Selección?
–Estoy en todos los detalles. Yo al predio de la AFA en Ezeiza voy todos los días. Llego a las cuatro y me quedo hasta las ocho. Voy a mi casa, ceno con mi mujer y después me voy a la radio. Ésa es mi vida hoy.
–Pero no me dijo qué hace…
–Analizo a los rivales, me preocupo que los jugadores estén sanos. Ahora nos vamos a Alemania a jugar el último amistoso antes del Mundial y los chicos tienen que saber a qué hora sale el avión y a qué hora llegan allá. Hasta me ocupo del alojamiento
–¿Cómo nos va a ir en el Mundial?
–Nos va a ir bien. En el ’86, diez días antes, les dije a mis jugadores que éramos campeones porque los veía bien. Todo va a depender de cómo lleguemos.
–¿Me ilusiono con estar entre los cuatro primeros?
–Yo creo que sí.